miércoles, 2 de enero de 2019


Literatura y an-arquía. A propósito de Anarchivismo. Tecnologías políticas del archivo, de Andrés Maximiliano Tello

raúl rodríguez freire


1. En “Notas breves sobre el arte y modo de ordenar libros”, incluido en Pensar/clasificar,  George Perec escribe: “Un amigo mío concibió un día el proyecto de limitar su biblioteca a 361 obras. La idea era la siguiente: tras alcanzar, a partir de cierta cantidad n de obras, por adición o sustracción, el numero K = 361, que presuntamente correspondería a una biblioteca, si no ideal, al menos suficiente, obligarse a no adquirir de modo duradero una nueva obra X, sino tras haber eliminado (por donación, eliminación, venta o cualquier otro medio apropiado) una antigua obra Z, de modo que el número total de obras K permanezca constante e igual a 361: K + X > 361 > K – Z. La evolución de este seductor proyecto tropezó con obstáculos previsibles para los cuales se hallaron las soluciones del caso: ante todo se consideró que un volumen –digamos de La Pleiade– valía por un (1) libro aunque contuviera tres (3) novelas (o compilaciones de poemas, ensayos, etcétera); de ello se dedujo que tres (3) o cuatro (4) 0 n (n) novelas del mismo autor valían (implícitamente) por un (1) volumen de dicho autor, como fragmentos aun no compilados pero ineluctablemente compilables de sus Obras completas. A partir de ello se consideró que tal novela recientemente adquirida de tal novelista de lengua inglesa de la segunda mitad del siglo XIX no se computaría, lógicamente, como una nueva obra X sino como una obra Z perteneciente a una serie en vías de constitución: el conjunto T de todas las obras escritas por dicho novelista (¡y vaya si las hay!). Ello no alteraba en nada el proyecto inicial: simplemente, en lugar de hablar de 361 obras, se decidió que la biblioteca suficiente se debía componer idealmente de 361 autores, ya hubieran escrito un pequeño opúsculo o páginas como para llenar un camión. Esta modificación resultó ser eficaz durante varios años: pero pronto se reveló que ciertas obras –por ejemplo, las novelas de caballería– no tenían autor o tenían varios, y que ciertos autores –por ejemplo, los dadaístas– no se podían aislar unos de otros sin perder automáticamente del ochenta al ochenta y seis por ciento de aquello que les confería interés: se llego así a la idea de una biblioteca limitada a 361 temas –el término es vago pero los grupos que abarca también lo son, en ocasiones– y este límite ha funcionado rigurosamente hasta hoy. Por ende, uno de los principales problemas que encuentra el hombre que conserva los libros que leyó o se promete leer un día es el crecimiento de su biblioteca”.

2. Presuntuoso. Ambicioso. Sin lugar a dudas, también un libro valeroso y cautivante. En su escritura, te atrapa desde la primera línea: “El anarchivismo es la pesadilla del orden actual”. Incluso diría que desde el título, pues el término que lo articula, busca instalar este libro como una referencia insoslayable para quien se interese por la cuestión del archivo y sobre todo por su deconstrucción. Lo logrará. El trabajo meticuloso que lo sostiene aventura su ineludible inscripción en el medio crítico contemporáneo.  

3. Tengo noticias de Anarchivismo. Tecnologías políticas del archivo desde que era un proyecto, luego una tesis y después un manuscrito. Ahora es un libro con su respectivo ISBN; porta su cédula de libro. Transformada esta en código de barras, facilita el registro de país, editorial, formato, materia, lengua, etc. Antes de circular, este libro sobre los archivos y la anarchivación ya ha sido archivado. Ineluctable devenir: codificación, recodificación, descodificación, codificación, recodificación, descodificación, codificación, recodificación, descodificación, codificación, recodificación, descodificación, codificación, recodificación…

4. Perec nuevamente:

“En el mobiliario contemporáneo, la biblioteca es un rincón: el ‘rincón-biblioteca’. Es a menudo un módulo perteneciente a un conjunto ‘sala de estar’, del cual también forman parte:

El bar con tapa
el escritorio con tapa
el platero de dos puertas
el mueble del estéreo
el mueble del televisor
el mueble del proyector de diapositivas
la vitrina
etcétera”.

5. Siete capítulos constituyen Anarchivismo, pero solo dos firmas claves lo atraviesan: Michel Foucault y Jacques Derrida. En realidad, son 3. A veces IV. Gilles Deleuze, solo o con Felix Guattari. Entonces: Deleuze&Guattari. Un enfoque guattaro-deleuziano lo recorre de un lado a otro, o de un otro a un lado; de lado a lado. El archivo es una máquina social, escribe Tello:“la conexión variable de cuerpos y tecnologías, que instituyen una forma de organización maquínica de la producción social”. El anarchivismo es, así, desterritorialización, descodificación. Foucault y Derrida, lo sabemos, soy hoy quienes, sin habérselo propuesto, dominan el mentado giro archivístico, giro que cualquier lector de este libro aprenderá a tomar con cuidado, a no arrebatarse mucho con su boom, con su turn, porque la tarea política que se propone es alteración de “los principios de legitimidad resguardados y dispuestos socialmente por clasificaciones institucionales y mediante tecnologías de registro cotidianas de los cuerpos, sus rutinas y sus afectos”. En otras palabras, lo que se propone es la alteración radical del archivo, de sus órdenes y de sus clasificaciones. Apuesta, como Perec, por otros modos de pensar, de clasificar. Que lo haga mediante la forma de un libro es algo en lo que habría que detenerse, “Had we but world enough and time”, como señaló Andrew Marvell.

6. Capitán Nemo, citado por Perec: “«… el mundo terminó para mí el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera bajo las aguas. Ese día compré mis últimos volúmenes, mis últimos folletos, mis últimos diarios, y desde entonces quiero creer que la humanidad no ha pensado ni escrito nada más»”.

7. Anarchivismo es la pesadilla del Capitán Nemo. Muestra que aunque nos desconectemos, el archivo nos asecha. Incluso estando dormidos.

8. No son pocas las tesis que este libro pone en juego. Quizá la más relevante es aquella que insiste en que sin archivo no hay estado. Tampoco capitalismo. De ahí lo importante que resulta la siguiente afirmación: “lo fundamental para nosotros aquí es que si la acumulación de cuerpos resulta inseparable del proceso de acumulación de capital, lo mismo puede afirmarse a propósito de la gestión de los corpus. En otras palabras, las investigaciones de Foucault permiten suponer que la génesis del capitalismo se enlaza tanto con la acumulación de cuerpos individuales como con la acumulación de corpus documentales. Por lo tanto, la máquina social del archivo ocupa un lugar central y hasta ahora ignorado –o en cualquier caso, poco advertido– entre los múltiples elementos que conforman las condiciones de posibilidad de la aparición y evolución del capitalismo.” Todo un corpus, que contiene los datos de cada individuo, se levanta para disciplinar su cuerpo.  “De ahí”, dice Tello, “que, en realidad, podríamos afirmar que la premisa foucaultiana apunta a que no hay relación de poder que no penetre simultáneamente cuerpos individuales y corpus documentales”. Desde aquí se puede hacer una relectura del trabajo con el pasado, poniendo en relación, por ejemplo, literatura y ley, como ha hecho de manera brillante Julio Ramos en algunos de los ensayos reunidos en Las paradojas de la letra, libro que desde ya podemos considerar como anarchivista.

9. Otra tesis, cercana y distante a la vez de la anterior, aunque enunciada previamente, afirma la inextricable relación entre arkhé y nomos, entre archivo y apropiación, distribución y producción del espacio. Un principio y un mandado guían la política, la supervivencia del archivo. De ahí se sigue que el “archivo es el a priori histórico. Y esto, precisamente, porque es en el archivo donde se busca dar coherencia a la historia, erradicando de él cualquier exabrupto o interregno que altere la narrativa propuesta en el orden de sus ficheros, en su propia organización de documentos, objetos e inscripciones. Y por ello, pese a todas las metamorfosis y discontinuidades maquínicas, el archivo tiende una y otra vez a establecer un doble principio, desde donde deriva el ordenamiento de los registros que resguarda”. Una violencia, por tanto, acompaña la formación y conservación del archivo, con-fundiendo historia y mito. Esto, unido a lo señalado en el punto anterior, le permite a Tello hablar de una biocolonialidad imperial que sustentó la primera forma moderna del archivo, “recolectando los datos [los corpus] de la fisonomía del cuerpo poblacional que se buscaba organizar, regular y gestionar de acuerdo a fines predeterminados”.

8. “Cuartos donde se pueden guardar libros
en el vestíbulo
en la sala de estar
en el o los dormitorios
en las letrinas
en la cocina solemos guardar un solo género de obras, las que justamente denominamos ‘libros de cocina’.”          

7. Otro tanto se puede decir de la lectura propuesta de la relación incomposible entre formaciones sociales nómadas y máquinas estatales. Cuando estas registran a aquellas siguiendo su principio y su mandato, la máquina nómada es axiomatizada. “A la inversa, si los registros del archivo son apropiados por la máquina primitiva, el doble principio del arkhé (el origen y el mandato) tiende a arruinarse.” Esta tesis nos adelanta por donde comienza a jugarse la doble apuesta de este libro, que enfatiza que la máquina de guerra nómade encarna un movimiento anarchivista. Y como ya se habrá reparado en la relevancia del archivo para el capital y para el estado, la afirmación “la destrucción del archivo altera de un modo u otro la estructura de la sociedad” nos lleva a ver que el acontecimiento de la democracia por-venir se juega en “la apropiación de tecnologías suplementarias, es decir: de [en] una lucha política por los soportes. Toda política capaz de efraccionar el archivo emerge con una disputa en torno a los soportes de este último, es decir, en una lucha que involucra las condiciones de apropiación de las tecnologías de registro”.

6. También se discute con Boris Groys. Creo que se habría podido prescindir de sus generalizaciones. Más apropiado habría sido gastar un poco más de tinta en Freud, cuyo trabajo sobre la memoria trasciende lo recortado por Derrida. O en Kittler. Es importante, como muestra Tello, “su necesario desplazamiento en el análisis anarqueológico y la reflexión gramatológica: desde las tecnologías de registro de los textos alfabéticos hacia la tecnologías de archivo de la información numérica y los datos masivos”. Pero Kittler tiene varios otros textos que se podrían haber discutido, como aquel donde no habla del Software, sino del “Hardware, el ser desconocido” o ese otro titulado “Ciencia como Open Source”. 

5. “Modo de ordenar los libros [según Perec]
clasificación alfabética
clasificación por continentes o países
clasificación por colores
clasificación por encuadernación
clasificación por fecha de adquisición
clasificación por fecha de publicación
clasificación por formato
clasificación por géneros
clasificación por grandes periodos literarios
clasificación por idiomas
clasificación por prioridad de lectura
clasificación por serie

Ninguna de estas clasificaciones es satisfactoria en sí misma. En la práctica, toda biblioteca se ordena a partir de una combinación de estos modos de clasificación: su equilibrio, su resistencia al cambio, su caída en desuso, su permanencia, dan a toda biblioteca una personalidad única”.

4. Podríamos referirnos también a la lectura que Anarchivismo propone de Derrida, pero eso imaginé que lo haría nuestra compañera de mesa, Valeria Campos. En cambio, quisiera indicar que este libro permitiría leer, por ejemplo, de otra manera La ciudad letrada, de Ángel Rama, quizá el libro más importante de la crítica latinoamericanista de los últimos 40 años, posibilitándonos una mayor reflexión sobre la diferencia entre registro y archivo en América Latina. En este libro de Rama no se repara en aquello que Maurizio Ferraris denomina “documentalidad”, término que evitaría pensar todo discurso intelectual como perteneciente a la ciudad letrada, y quizá diferenciar debidamente letrado de literato. Lo que quiero decir es que Anarchivismo permite repensar las ideas tradicionales que se tienen de registro, archivo, escritura, técnica e incluso estado y capital. Ya mencioné cómo el trabajo de Julio Ramos adquiere ahora una mayor potencia, si lo vinculamos a las propuestas de este libro. No es menor la tarea que Anarchivismo se ha propuesto. No es menor la tarea que con él podríamos realizar.   
 
3. Lo anterior, y el libro en su conjunto, es lo que me lleva a leer Estambul. Ciudad y recuerdos, de Orhan Pamuk, como un libro anarchivista. Tejido a partir de su memoria –y la memoria es siempre anarchivista, al decir de Tello–, y de material de archivo, el Estambul de Estambul es la alteración de las enciclopedias o guías de la ciudad. Su índice, que no cito para generar expectativa, así nos lo demuestra. Y lo hace aún más, aunque esto sí debo citarlo, el capítulo titulado “La colección de sucesos y curiosidades de Reşat Ekrem Koçu: la Enciclopedia de Estambul”. Expulsado de la universidad en la que trabajaba en 1933, acometió un trabajo que muy pronto supo que jamás terminaría. No por ello renunció. Al contrario, radicalizó su forma. Homosexual en un mundo no solo conservador, sino dictatorial, usó la escritura como estrategia de impugnación. Gracias a ella, su enciclopedia inscribía “sus inhabituales pasiones, gustos y obsesiones sexuales”, como no lo hacía ninguno de sus contemporáneos, lo que nos recuerda que el archivo tiene sexo. No solo este archivo configurado por Koçu, sino todo archivo. El archivo es patriarcal. Habría que insistir en ello. Para Pamuk, la Enciclopedia de Estambul se asemeja más a un gabinete de curiosidades, pero se diferencia de los conocidos, cuya clasificación, recuerda Tello, “dependía de categorías generales del conocimiento”, mientras que el libro de Koçu “exponía claramente la extrañeza, la confusión, la anarquía y la anormalidad de un Estambul atrapado entre la modernidad y la civilización otomana y que se resiste a cualquier clasificación o disciplina”. En otras palabras, es pura singularidad. Y a ello habría que agregar la propia liminalidad de Koçu, que hace inevitable el “fracaso del esfuerzo por comprender la complejidad de Estambul siguiendo los modos ‘científicos’ de clasificación y exposición occidentales”, escribe Pamuk, lo que releva, como bien hace Tello, la relación entre archivo y colonialidad, aunque habría que radicalizar aún más esta nefasta conexión, destacando, a  la vez, formas de archivación heterogéneas al principio y al mandado. Líneas: una breve historia, de Tim Ingold, va en esa dirección. También lo que viene haciendo Eduardo Viveiros de Castro, con quien Anarchivismo debe formar una máquina.

2. Pero uno de los momentos que más me interesan de Anarchivismo es aquel donde el archivo y las tecnologías de registro se ensamblan a la producción de subjetividad, porque aquí emerge como problema la ética y el arte de vivir de otra manera. La micropolítica también ha de ser anarchivista. “Los ensamblajes tecnológicos del cuerpo [como la escritura de los hypomnemata] posibilitan entonces un conjunto de prácticas experimentales, que en lugar de reproducir los códigos morales o los regímenes sensoriales del archivo, apuntan hacia prácticas de transformaciones éticas de uno mismo y de nuestras relaciones con los otros”, escribe Tello a partir de las investigaciones que Foucault emprendió en sus últimos años. Creo que este punto es clave y lo es porque, en parte, también me lleva a distanciarme un poquito de Anarchivismo, que descarta (no queda claro por qué) la necesidad de que los intelectuales asuman su condición de trabajadores. Porque si no lo hacen, es difícil que se produzca la socialización de los medios de producción que a ellos involucra, manteniendo así una innecesaria distancia con el trabajo. Diría, precisamente porque la figura del prosumidor desplaza dramáticamente la del escritor operante que, vía Tretiakow, Benjamin promovió, que hoy la relación con la tecnología es fundamentalmente (no exclusivamente) de abastecimiento, no de transformación. Ahora todo el mundo puede intervenir en los medios, pero no para alterarlos, sino para obedecerlos. Y si se los interviene, es para “mejorarlos” en la función que ya tienen: dominar. Creo, y esto es algo que ya hemos conversado y que debemos seguir conversando, que también es tiempo de desconfiar de la euforia benjaminiana, que vio en la reproducción técnica una salida a la dominación. El siglo XX ha demostrado lo contrario. Si Bernard Stiegler tiene razón, hemos llegado a un punto en el que la técnica se opone a la cultura, por lo que la apropiación de los soportes debe consistir en algo más que poder programar parillas. Como dice un amigo, la tecnología satisface necesidades que antes no teníamos, por lo que el éxodo también debe tenerse como posibilidad. Pero no el éxodo de la tecnología en general, sino de aquellos dispositivos que no han hecho más que apropiarse de nuestra capacidad imaginativa. Hay tecnologías que se oponen entre sí. Por eso sigo optando por el libro como medio de transformación. La ficción es, lo reconozco gracias a este libro, anarchivista por definición, pero no tiene garantías. Desde la televisión, los aparatos se nos han vuelto incognoscibles e inapropiables. La radio fue factible de producirse en casa, siendo quizá la última tecnología producida por un solo ser, siguiendo manuales que se compraban en los kioscos (palabra que viene del turco köşk, que a su vez viene del persa košk, que recuerda, creo, al turco Koçu y su heterodoxa enciclopedia). Con el Smartphone, es el ser el que es producido por el aparato. El libro, por el contrario…  es pura tecnología emancipatoria. De ahí el milenario intento, de Platón a Mark Zuckerberg, por reducir y negar su potencia.   

1. “En lo que a mí concierne”, dice Perec y me hago eco de sus palabras, “casi las tres cuartas partes de mis libros jamás estuvieron realmente clasificados. Los que no están ordenados de un modo definitivamente provisorio lo están de un modo provisoriamente definitivo como en el OuLiPo. Entre tanto, los traslado de un cuarto al otro, de un anaquel al otro, de una pila a la otra, y a veces paso tres horas buscando un libro, sin encontrarlo pero con la ocasional satisfacción de descubrir otros seis o siete que resultan igualmente útiles”. Como vemos, la literatura no tiene principio ni mandato. Es pura an-arquía. Gracias a Anarchivismo, he podido “descubrirlo”.      



miércoles, 7 de febrero de 2018

Marx a Engels en Manchester
[London] 15. Juli 1858
9, Grafton Terrace, Maitland Park


Lieber Engels

D’abord, le ruego que no se asuste por el contenido de esta carta, ya que de ninguna manera pretende ser una apelación a su ya excesivamente sobrecargado erario [exchequer]. Por otro lado, nos corresponde unir nuestras cabezas para ver si de alguna manera se puede encontrar una salida a la situación actual [en la que me encuentro], que se ha vuelto absolutamente insostenible. Ha hecho que esté totalmente incapacitado para realizar cualquier trabajo, en parte porque tengo que perder muchísimo tiempo corriendo alrededor de intentos inútiles para conseguir dinero, porque mi pensamiento abstracto —tal vez como resultado de una corporalidad deteriorada— ya no es rival para las miserias domésticas. El malestar general ha transformado en un manojo de nervios a mi esposa, y el Dr. Allen, quien, por supuesto, sospecha dónde aprieta el zapato, pero no conoce el estado real de las cosas, ahora me ha dicho repetida y positivamente que ella no puede soportar la encefalitis o algo por el estilo, a menos que sea enviada a un balneario en el que debe pasar una estadía larga. Por mi parte, sé que, en las circunstancias actuales, aunque ello sea posible, no sería útil mientras siga siendo víctima de las presiones diarias y el espectro de la catástrofe final e inevitable no deje de asediarla. La catástrofe, sin embargo, no puede posponerse por mucho tiempo y, aunque se evite durante algunas semanas, siempre permanece la insoportable y cotidiana lucha contra las necesidades más básicas, hasta el punto en que la situación general inevitablemente llevará todo a la ruina.
Dado que existen en Londres las llamadas loan-societies, que anuncian préstamos de £ 5,200, sin securities y solo con la solidez de las recomendaciones, intenté una operación de este tipo, ofreciendo a Freiligrath y un epicier [tendero] como avales. El resultado fue que £ 2 se fueron como fees [honorarios]. La respuesta final, negativa, llegó antes de ayer. No sé si debería intentarlo nuevamente. Para que pueda hacerse una idea de la situación real, le pedí a mi esposa que calculara [el gasto de] las 20£ adelantadas por usted y las  24£ que me desembolsó el “Tribune” (de las cuales 2£  ya están sobregiradas) el 16 de junio. Verá que, tan pronto como llega una suma bastante importante como esta, no queda ni un centavo ni siquiera para los gastos diarios más urgentes, para no hablar de ningún disfrute de la vida; que al día siguiente la misma repugnante lucha comienza de nuevo, y en muy poco tiempo los acreedores, habiendo sido compensados ​​por un tiempo muy corto, comienzan una vez más a ejercer la misma presión. Al mismo tiempo, verá que mi esposa no se gasta ni un farthing [cuarto de penique]en vestidos, etc., mientras que la situación en cuanto a la ropa de verano de los niños es subproletaria. Creo que es esencial que repase estos detalles, ya que de otro modo no sería posible evaluar adecuadamente el caso.

Cálculo con respecto a 20£  recibidas el 19 de mayo. Pagado:

Gastos (agua, gas)                 £ 7
Casa de empeño, interés            £ 3
Amortización casa de empeño        £ 1,10
Salario                            £ 2
Tallyman [vendedor ambulante]
(al que hay que pagarle semanalmente
por una falda y pantalones)        £ 0,18
Zapatos y sombreros para los niños £ 1,10
Panadero                           £ 1
Carnicero                          £ 1,10
Epicier                            £ 1

Cálculo con respecto a las £ 24 recibidas el 16 de junio del “Tribune”

Escuela para el Quarter
febrero, marzo, abril              £ 8
Préstamo de Schapper para
gastos diarios durante 4 semanas,
reembolsado                        £ 3   
ropa de cama recuperada
de la casa de empeño               £ 2
Salario                            £ 1
Tallyman                           £ 1,4
Carnicero                          £ 2
Epicier                            £ 2
Greengrocer [verdulero]            £ 1
Camisas, ropa, etc. para los niños £ 2
Panadero                           £ 2


Por lo tanto, después del 17 de junio no había ni un solo centavo en la casa y, para cubrir los gastos diarios de cuatro semanas que tenían que pagarse en efectivo, pedimos prestado  4£ a Schapper, de las cuales aproximadamente  2£ se perdieron en loan operation in fees.
El estado completo del endeudamiento, tal como está ahora en Londres es el siguiente (le mostrará que una gran parte de este consiste en deudas con pequeños epiciers que han estirado hasta el límite su crédito).

Arriendo de la casa,
vence el 25 de junio               £ 9   
Escuela, vende el 2 de agosto      £ 6
Periódico (por un año)             £ 6
Tallyman                           £ 3,9
Carnicero                          £ 7,14
Panadero                           £ 6
Épicier                            £ 4
Greengrocer y carbón               £ 2
Lechero                            £ 6,17
Deuda con el lechero y el
Panadero del Soho                  £ 9
Dr. Allen
 (£ 7 pagadas con el penúltimo
dinero del “Tribune”)              £ 10
Lina Schöller                      £ 9
Schapper                           £ 4
Casa de empeños                    £ 30

De estas deudas, las únicas que no considero urgentes son las debidas al Dr. Allen, a Lina Schöler, a los antiguos acreedores del Soho y parte de lo que se debe a la casa de empeño.
De estas deudas, las únicas que no considero urgentes son las debidas al Dr. Allen, a Lina Schöler, a los antiguos acreedores del Soho y parte de lo que se debe a la casa de empeño. Por lo tanto, toda la historia gira en torno al hecho de que los escasos ingresos nunca alcanzan a destinarse para el próximo mes, ni son suficientes -luego de descontar los gastos permanentes del hogar, la escuela, los impuestos y la casa de empeño- para reducir las deudas a un nivel que impida que uno sea arrojado directamente a la calle. En unas 4 o 5 semanas tendré about de 24£ para sacar del Tribune. De estas, 15£ irán inmediatamente a pagar intereses y el alquiler. Si solo se paga un mínimo con respecto a las otras deudas, y es muy dudoso que el butcher, etc., sea paciente durante tanto tiempo, la situación, por otra parte, se verá agravada de nuevo por las 4 semanas que tienen que pasar d’une manière ou d’une autre. Hasta el landlord [dueño de la casa] es perseguido por los acreedores y [a su vez] me persigue a mí como el infierno. No veo qué hacer si no es posible obtener un loan de una loan-society o de una life-assecurance Society [sociedad de préstamos o de una sociedad de seguros de vida]. Incluso si buscara reducir los gastos al máximo, por ejemplo, sacar a los niños de la escuela, cambiarse a una vivienda completamente proletaria, deshacerse de las empleadas, vivir de las papas, ni siquiera la subasta de mis bienes domésticos bastaría para satisfacer a los acreedores del barrio y asegurar un escape sin obstáculos a algún escondite. El show of respectability, que se ha mantenido hasta ahora, ha sido la única forma de prevenir el colapso. Por mi parte, le preguntaría al diablo si finalmente podría tener una hora de descanso y poder hacer mi trabajo en Whitechapel. Sin embargo, en vista del estado actual de mi esposa, tal metamorfosis podría tener consecuencias peligrosas y difícilmente sería adecuado para las niñas, que están en crecimiento.
I have now made a clean breast of it [Le he hablado de manera franca] y le aseguro que me ha costado no poco esfuerzo. Pero, en fin, debo decirle lo que pienso a alguien. Sé que personalmente no puede remediar la situación. Lo que pido es solo comunicación, sus puntos de vista, what to do? No le deseo ni a mi peor enemigo que se enfrente al atolladero en el que he estado metido durante 8 semanas, furioso por las innumerables vejaciones que están arruinando mi intelecto y destruyendo mi capacidad de trabajo.

Salut.

Your
K. M.

Le enviaré los artículos que me pide.


Marx, Karl y Friedrich Engels. Werke. Vol. 29. (Correspondencia, enero 1856-diciembre 1859). Berlín: Dietz Verlag, 1978, pp. 340-343. 

lunes, 4 de septiembre de 2017

Derrida y la defensa de la solidaridad de los vivos*

Evando Nascimento**

En 1967, es decir, hace exactamente 50 años, el pensador franco-argelino Jacques Derrida (1930-2004) publicó de manera simultánea tres libros que marcarían la llamada cultura occidental, y que tendrían una repercusión en todo el mundo: La escritura y la diferenciaDe la gramatologíaLa voz y el fenómeno. Hasta entonces, Derrida era conocido en el medio intelectual francés como un brillante especialista en la obra de Edmund Husserl. Algunos de sus ensayos ya habían aparecido en revistas de filosofía y de literatura. En 1962, publicó una elogiada traducción de El origen de la geometría, de Husserl, con una introducción más extensa que el propio texto del fenomenólogo alemán.
La obra de Derrida comenzó, por tanto, de la mano de la actividad traductora, y llegó a ser uno de los grandes pensadores de la traducción, como Walter Benjamin, Paul Ricoeur, Antoine Berman, entre otros. En 1966 participó –junto a Tzvetan Todorov, Jacques Lacan y  Roland Barthes, por mencionar algunas figuras– de un célebre coloquio en la Universidad de Johns Hopkins, cuya finalidad no era otra que explicar al público estadounidense en qué consistía el movimiento estructuralista. Solo que la conferencia de Derrida sobre Claude Lévi-Strauss, publicada luego en La escritura y la diferencia, hizo época justamente por proponer una deconstrucción radical del estructuralismo, entonces en su apogeo.
A medida que sus libros eran leídos, la deconstrucción se fue imponiendo como signo general de la obra en curso, aunque Derrida aún la empleaba con cierta restricción. En una carta a su traductor japonés, Toshihiko Izutsu, en la que intenta explicar las varias significaciones, subraya que no es una “buena palabra”, ni es sobre todo bella. Además, en otros momentos, enfatizará el plural, a fin de evitar el esencialismo del sustantivo en lo singular. Según él, las deconstrucciones son un proceso que existen desde siempre y que se refieren a cambios radicales en el plano de las civilizaciones.
En la primera entrevista que me concedió para la Folha de São Paulo, en 2001, titulada “La solidaridad de los vivos”, señala que se trata de un proceso inmemorial, sin edad (sans âge), y que acontece en el mundo. En ese sentido, su obra correspondería a una formalización de los movimientos deconstructores que lo precedieron y que lo continuarán después de su muerte. Ejemplo de deconstrucción sería la reconfiguración del concepto de Estado-nación, el cual en realidad tiene una historia muy reciente, de poco más de dos siglos. Otro ejemplo sería la deconstrucción del humanismo tradicional, en pro de la ampliación de los derechos humanos, en la perspectiva del derecho a la vida en general, que se refiere también a animales y plantas.
La banalización actual del verbo deconstruir, que aparece con frecuencia en el vocabulario deportivo y político de los medios, no perjudica su relevancia. Es importante recordar que términos psicoanalíticos como inconsciente y represión migraron al lenguaje cotidiano, sin perder el rigor científico. Lo mismo sucedió con esencia e ideal, de origen filosófico. El éxito de la palabra sólo atestigua el efecto que el pensamiento de Derrida tuvo en las más diversas áreas del conocimiento, ayudando a sacudir sus fronteras tradicionales, motivo por el cual es leído en departamentos de filosofía, literatura, artes, derecho, arquitectura y educación.
No habría, por lo tanto, una “edad o era de la deconstrucción”. Pero, sin duda, los años 60 representaron el momento de máxima irrupción y de sistematización de un pensamiento deconstructor, que no se restringe, por cierto, a los textos de Derrida, sino que abarca los de Foucault, Lyotard, Barthes y Deleuze, entre otros. Y a ello habría que añadir también las luchas por los derechos civiles, en defensa de grupos subalternizados por el falocentrismo tradicional: en particular, reivindicaciones étnicas (negros, indios, inmigrantes de diversos orígenes) y de género (feminismo, homosexualidad y, más recientemente, transexualidad).
Mi relación con el pensamiento de Derrida comienza en los años 80, cuando leí algunos de sus textos en la maestría de literatura de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro. Y se intensificará vertiginosamente en 1991, año en que me inscribo en los seminarios de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales y sigo sus clases. En aquel año, Derrida comenzaba la gran rúbrica de las “cuestiones de responsabilidad”, que corresponderán a la parte final de su trabajo filosófico y docente. El primer asunto abordado fue el secreto, y en los años siguientes vendrían el testimonio, la hospitalidad, el perjurio y el perdón, la pena de muerte y los animales.
El abordaje de estas cuestiones éticas y políticas hizo que algunos lectores, sobre todo en Estados Unidos, hablaran de un political turn o ethical turn en la obra de Derrida. Sin embargo, no hubo ningún “giro”, pues esa temática ya concurría, con otra modulación, en textos anteriores, como La farmacia de Platón y De la gramatología. Lo que ocurre es que le da un énfasis mayor a determinados aspectos ético-políticos, en el contexto de la caída del muro de Berlín y del advenimiento de lo que en la época se llamó “nuevo orden mundial”, el cual abrió el camino hacia el llamado proceso de globalización y el consecuente neoliberalismo económico. Espectros de Marx, publicado en 1993, fue una respuesta contra los movimientos neoconservadores de aquellos años. Si el Marx de los regímenes comunistas estaba con el plazo de validez vencido, había otros Marx que era preciso reafirmar, como posibilidad de una política de izquierda democrática.
Brasil estuvo entre los primeros países en traducir a Derrida. Por sugerencia de Haroldo de Campos, salió en 1971 la traducción de La escritura y la diferencia, realizada por Maria Beatriz Nizza da Silva, desgraciadamente con algunos problemas, apenas corregidos en las últimas ediciones. En 1973, aparece la traducción de De la gramatología, realizada por Renato Janine Ribeiro y Miriam Schneiderman. La traducción estadounidense de este último libro, por Gayatri Spivak, sólo será publicada tres años después de la brasileña. Por otra parte, en 1976, Silviano Santiago publicó su pionero Glosario de Derrida, que coordinó con alumnos de postgrado de la PUC-Río y que ha sido recientemente traducido al español por raúl rodríguez freire.
Las obras ensayistas y literarias de Haroldo y de Silviano estarán marcadas por el pensamiento de Derrida. En 1983, Haroldo publica El secuestro del barroco, libro en el que propone una lectura deconstructora del concepto de “formación”, central en la obra magna de Antonio Candido, Formación de la literatura brasileña. Silviano, por su parte, es el autor del célebre ensayo “El entre-lugar del discurso latinoamericano”, de 1971, texto en el que propone repensar el concepto tradicional de escritor latino-americano. Y el año pasado, Silviano recurre una vez más a Derrida en Genealogía de la ferocidad para releer a contrapelo el ensayo de Antonio Candido “El sertón es el mundo” (retitulado después como “El hombre de los reveses”), dedicado a Gran sertón: veredas, de Guimarães Rosa.
El legado de Derrida es inmenso y promete desdoblarse en los siglos venideros. Desde el principio, estableció un diálogo con la literatura. De ahí que haya inventado y desarrollado en mi tesis de doctorado la categoría “una literatura pensante”, con el fin de abordar las relaciones entre literatura y filosofía. De manera sintética, la literatura propondría un tipo de pensamiento, distinto del filosófico. Aunque no hay literatura “en sí”, sino textos que tienen características no exhaustivas del llamado discurso literario, se encuentran, en algunas ficciones y poemas, temas poco o mal tratados por la tradición filosófica. El mejor ejemplo de ello es la cuestión de la animalidad, que sólo en el siglo XXI alcanzó plena relevancia filosófica, y no por casualidad fue el tema de los últimos seminarios de Derrida. Una escritura como la de Clarice Lispector es pensante justamente por ficcionalizar con gran sensibilidad ética hacia los animales. No hay, en la ficción clariciana, una oposición simple entre el hombre, por un lado, y los animales, por otro. Se trata de pensar también la animalidad de los humanos y la “racionalidad” animal, con toda su lógica vital. Perros, monos, pollos y conejos, entre otros bichos, pueblan ese imaginario abierto a la alteridad.
Bajo esta perspectiva, la obra de Derrida también deconstruye la crítica propuesta por la tradición, y en particular la desplegada por Immanuel Kant. En diversos textos, no descalifica la crítica filosófica o literaria, sino que afirma la necesidad de redimensionarla más allá de la reflexión racionalista. Y uno de los aspectos que importa dislocar definitivamente es la cuestión de la duda (tal como fue desarrollada metodológicamente por Descartes) y del juicio o juicio kantiano. Derrida propone entonces lo que se llamaría irónicamente una crítica “sin juicio” (se percibe la ambigüedad intencional de la expresión), es decir, una crítica no basada en una pura racionalidad, ni pauteada por el imperativo del juicio. Por lo tanto, es necesario reconsiderar la noción de valor y de evaluación, a través de Nietzsche, por ejemplo, yendo más allá de la crítica judicativa. Esta última informaba lo peor de la tradición crítica dominante hasta la mitad del siglo XX, antes de la formalización de las deconstrucciones.
En un momento en que en Internet proliferan juicios críticos sumarios, nada más relevante que proponer una “crítica desconstruida”: ya no más moldeada por el yo consciente, que juzga a todo y a todos a partir del lugar de una soberanía absoluta, sino a partir de la apertura permanente a los otros y a las otras. Cuando muchas vidas se vuelven cada vez más precarias, con los nuevos movimientos mundiales de derecha y ultraderecha, proponer una solidaridad de los vivos se vuelve indispensable para cohabitar en un planeta extremadamente violento.
Una última observación: quien aquí escribe, después de todos estos años de dedicación, no se considera un “especialista” de Derrida, sino un lector especial y bastante atento a las estrategias (derrideanas o no) de deconstrucción, en la filosofía, en la literatura, en las artes, y más allá.

Traducido por raúl rodríguez freire


* Texto recientemente publicado en el Suplemento Pernambuco (Brasil), con motivo de los 50 años de las tres primeras publicaciones de Jacques Derrida.
** Evando Nascimento es escritor y profesor universitario; entre sus publicaciones, se encuentran Derrida e a literatura (que será traducido en breve por raúl rodríguez freire) y Clarice Lispector: uma literatura pensante (2012).