martes, 24 de junio de 2014

Marburgo bajo el nazismo, by Werner Krauss




Marburgo bajo el nazismo

Werner Krauss[1]



Marburgo, donde trabajé desde 1931 como docente de filología románica, siempre tuvo el rasgo característico de la vida intelectual y académica. El profesorado aquí vivía con confort y distancia, sin la posibilidad de influir en el círculo extraacadémico y de orientarse por el espíritu de la época. Sin embargo, durante el nazismo, esa limitación se traduciría en prejuicio. Sobre la universidad también recaían las exigencias del nuevo régimen contra el desarrollo de la investigación científica pura. En gran parte, la universidad pudo mantener sus cuadros. No obstante, debido a motivos políticos, fueron apartados: 1) [Wilhelm] Röpke[2] (Economía política), por liberal –ahora está en Estambul; 2) Hermelin (Historia de la iglesia), por pacifista –actualmente párroco en Wurttemberg; 3) Schlier (docente de teología), por su movilización a favor del movimiento de Elberfelder, en la Iglesia de la Confesión;[3] 4) Freudenberg (Pediatra), por “no ario” –ahora está en Basilea; 5) [Erich] Auerbach (Filología Románica), por “no ario” –ahora en Estambul; 6) [Paul] Jacobsthal (Arqueología), por “no ario” –ahora en Oxford (?)[4]; 7) Frank (Filosofía), por “no ario” –ahora en Harvard; 8) [Karl] Löwith[5] (Filosofía), por “no ario” y por sospecha de marxista –ahora en Nueva York; 9) [Martin] Hellweg[6] (asistente del Seminario de Filología Románica), por haber pertenecido a la Liga de los Estudiantes Socialistas –ahora asesor de estudios en Fulda. Además, el indo-germanista Jakobson, en los días de la ascensión del nazismo al poder, perseguido por “no ario”, demócrata y pacifista, cometió suicidio.
Alineamientos políticos extravagantes, como el del especialista en estudios anglosajones Wolfgang Schmidt, eran minoritarios. Tal postura era prohibida y disgustaba incluso a los nazis, que nos concedían una cierta moratoria para la “purificación”. En cambio, preocupados por su pasado político, algunos profesores se inscribían en el Partido, pero sin que cambiase su actitud. Procedían en parte con franqueza, en parte también con el fin de poder, por la acomodación externa, salvar un serio empeño científico. 
Naturalmente, los nazis no dejaban de apremiar políticamente la Universidad. Desde luego, estimularon el resentimiento de la juventud contra los más viejos. La NSDAP (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei) pretendía ser considerada, ante todo, como un “movimiento de juventud”. Se procuraba de instigar a los docentes (la liga de los docentes nacionalsocialistas) contra los titulares y movilizar a los estudiantes contra el conjunto de los maestros. Algunos cursos fueron perjudicados  por demostraciones estudiantiles. Durante casi un año, la disolución de las corporaciones dio a Marburgo el aspecto de una guerra civil. La SS intentó, por medio de sus delegados académicos (Pfannenstiel, Mannhardt), ganar influencia en la renovación. La Braune Haus (Amt Rosenberg),[7] mediante las evaluaciones académicas (Gutachtertätigkeit) y de su representante (Wachsmut), ejerció un terror sistemático. Pero todas estas investidas fracasaron, gracias a la incompetencia objetiva e intelectual de los profesores afiliados al Partido. Es característico que el rectorado y, sobre todo, el decanato no hayan sido ocupados por las fuerzas del Partido o, donde eso eventualmente sucedió, hayan tenido que reparar el caos entonces provocado, convocando a la vieja fuerza “reaccionaria”. También las varias instancias partidarias se hostilizaban en conflictos exasperantes (el estudiantado contra el profesorado y la SS contra la Braune Haus). Esos conflictos nos fueron de mayor ayuda que las conquistas políticas de la ciencia política.  
Influyó además una reflexión emprendida por las instancias más altas. Marburgo era como una típica universidad extranjera puesta sobre una particular protección cultural. La gran afluencia de estudiantes extranjeros, especialmente en el Seminario de Teología, llevó al Partido a dejar que Marburgo fuese al mismo tiempo una fachada cultural generadora de divisas.
Un criterio particular sobre la actitud de los mejores habitantes de Marburgo se encuentra en el hecho de que mantuvieron relaciones con sus colegas judíos hasta el momento de su expulsión; por lo menos mientras no se encontraran expuestos a los peores riesgos.
Yo mismo recibí mi Habilitation en 1931, bajo la orientación de Erich Auerbach. Después de que los nazis tomaran el poder, los círculos docentes me daban a entender, incluso antes de la entrada en vigor de las leyes sobre los no arios, que yo debía obstaculizar al Prof. Auerbach; y que, como recompensa por ese hecho patriótico, lo sucedería [en su cátedra]. De hecho, por ese mismo tiempo, en acuerdo con Auerbach, comencé a encargarme de los Seminarios y de los ejercicios [que él dirigía]. Nuestro trato social y nuestra amistad evidentemente permanecieron intactos y, cuando Auerbach se trasladó a Estambul y la Facultad me presentó unánimemente como candidato para ocupar su puesto, mi nombre fue rechazado, y también en los años siguientes, por fuerza del veto absoluto en todas las instancias en las que el Partido tenía influencia. También se frustró la esperanza que tenía de recuperar mi escasa credibilidad política en un campo nacional-socialista (NS-Lager). Sin embargo, no se basaba mi rechazo en objeciones fundamentales, sino en la falta de tiempo y en la ausencia de dotes deportivos. El Gouleiter[8] Kurhessen una vez más me evaluó. Son suyas estas palabras: “Desde el punto de vista político-filosófico, Krauss, por su actitud estetizante e intelectualista, debe ser rechazado”. En los círculos nacional-socialistas, se me contaba entre los “reaccionarios”. Por el contrario, la disposición básica que entonces despuntaba en mí de combatir al nacionalsocialismo, encontraba, si bien no de forma militante, la simpatía de los colegas entre los que circulaba. Con todo, se me impugnaba que debía tener en cuenta una ofensiva de la derecha, que ya había resuelto el problema de la integración de las masas al nacionalsocialismo. Tales opiniones, en parte, se explican por el retraimiento provinciano del profesorado de Marburgo. Estaban además relacionadas con las corrientes intelectuales dominantes, con la actitud antipositivista, antisociológica y antipsicológica de los practicantes alemanes de las ciencias de la cultura, que ante cualquier intento de fundamentación sociológica de su disciplina temían caer en un sistema de explicación extra-científico. De esa característica fue la crítica que recibieron tres trabajos por mi reunidos, dentro del espíritu de la consideración dialéctica de la historia [Martin Hellweg: “Das Gewissen bei Jean-Jacques Rousseau” (“La conciencia moral en Jean-Jacques Rousseau”), Walter Müller: “Die Grundregeln der Gesellschaftlichen Welt in den Werken Abbé Prévost” (“Los principios fundamentales del mundo social en la obra de Abbé Prévost”) y Werner Krauss: Corneille als politischer Dichter” (“Corneille como poeta político”)]. En verdad, en estas reseñas no se señalaba abiertamente el fundamento herético, sociológico-marxista, de nuestros escritos. Sin embargo, se nos señaló que la línea de una cientificidad satisfecha consigo misma había sido abandonada, del mismo modo [por cierto] como lo hizo la tentativa nazi de sometimiento de la ciencia. Todas las especialidades estaban signadas en el aislamiento de sus “propias conexiones fundadoras” y, bajo esta actitud, se percibía también la posibilidad de que se rechazaran las exigencias políticas de los nazis. El rechazo de estas exigencias, en cuanto se lo fundaba en [determinados] principios, ocurría siempre al interior de una respectiva especialidad, lo que dificultaba la estigmatización del propio sistema político, base insoportable de toda la vida intelectual. Esta tendencia se reflejaba socialmente en el esfuerzo significativo de hacer que las discusiones sobre el nacionalsocialismo fuesen consideradas un tema de conversación indecente, chocante y estéril. Entre 1937 y 1938, se introdujo una contracorriente positivista en la facultad de derecho, gracias a su representante más significativo, el entonces rector [Leopold] Zimmerl.[9] Zimmerl era un viejo nacionalsocialista austriaco, pero en los años en que lo conocí estaba totalmente desilusionado y se empeñaba en usar su poderoso soporte político-partidario para la defensa de su doctrina jurídica, contraria al desvío de la praxis jurídica alemana. Su lucha se dirigía especialmente contra la llamada escuela de derecho de Kiel, que encubría las mayores monstruosidades de la praxis jurídica nacionalsocialista con un manto filosófico (fenomenológico o hegeliano anticuado). Zimmerl procuraba, al mismo tiempo, provocar a las ciencias de la cultura con la afirmación de que solo el retorno al positivismo les posibilitaría una base saludable. Como rector, Zimmerl organizaba tardes de discusión. Agudo y valeroso, se alegraba, como se le dice a las bienvenidas, ante toda estocada indirecta contra el nacionalsocialismo. Pero las incitaciones prácticas de Zimmerl no fructificaron, porque en todas las ideas positivistas se reconocía inmediatamente el retorno a un estado de ánimo hace mucho sobrepasado. La comprensión de que la ciencia de la cultura alemana –anclada en la predilección irracionalista de Nietzsche–, preparara al nihilismo para enfrentar a la cultura [dominante], todavía no era lo suficientemente amplia como para que provocase la reversión del camino de los intelectuales. Entre los miembros de mi limitado círculo, una persona tan dotada como lo era mi asistente Martin Hellweg, fue compelido, por haber pertenecido a la liga de los estudiantes socialistas, a abandonar la carrera universitaria.
No teníamos ilusiones sobre el alcance de nuestro grupo. El aislamiento de Marburgo y el aumento del poder del Reich, especialmente el apoyo que entonces recibía de las potencias occidentales, condenaba nuestros esfuerzos a la desesperación. Nos parecíamos a una secta que podía celebrar sus ritos gracias a la protección de extraterritorialidad que le ofrecía su especialización.
Hasta el comienzo de la guerra, sin la interferencia de la Gestapo, pude suscribirme a diarios extranjeros como L’Oeuvre, Le Temps, Vendredi, Times. El más importante era la revista Week, que recibía mi novia de entonces, Doris Schumacher (…),[10] enviada anónimamente por sus amigos ingleses; la revista era regularmente prestada a los estudiantes que pertenecían a nuestro grupo. En el invierno de 1938-1939, Doris  Schumacher fue interrogada por la Gestapo sobre la procedencia de la revista. Se negó a confesar, informó a sus amigos y les advirtió sobre la vigilancia de los servicios alemanes en el extranjero.
En 1937, a pesar de la guerra civil, apareció en Barcelona un ensayo científico mío en el libro publicado en homenaje a [Antonio] Rubió i Lluch.[11] Además, junto con el Prof. Schalk,[12] yo era el único colaborador vivo en Alemania de la bibliografía para la memoria de la Antigüedad, organizada en Londres por la Biblioteca Warburg, proscrita por “judía”. En Alemania, la situación política interna y externa hacía imposible, en aquellos años, una oposición activa. El apoyo sistemático al hitlerismo de los Appeasers[13] ingleses y franceses (los servicios que ayudaban a los nazis para el fraude electoral en la votación de Sarre; para el sustento práctico o la justificación de la intervención fascista en la guerra civil española; el estímulo a la rebelión de los alemanes de los Sudetes por parte de Lord [Walter] Runciman[14] y sus acólitos; y, por último, el homenaje a Hitler en la llamada conferencia de los cuatro,[15] de triste memoria, realizada en Múnich), desenvalentonaba la resistencia en Alemania y hacía que la oposición se mostrase inútil, pues el nacionalsocialismo cada vez más asumía la cara de un movimiento político mundial.
También en Marburgo, los extranjeros, que llegaban como visitantes o como estudiantes de intercambio (sobre todo ingleses y franceses), mostraban una actitud de indignación cuando entraban en contacto con alemanes no nacionalsocialistas. Esta actitud se debía a que buscaban el modus vivendi de la Alemania oficial.
La mayoría de los lectores franceses e ingleses que venía a Marburgo, ya fuera por convicción o por oportunismo, asumían una postura de empatía para con el nacionalsocialismo. Fueron excepciones los italianos Colorni (miembro de Giustizia e Libertà,[16] que, poco después de salir de Marburgo, fue condenado por participar en un complot antifascista en Trieste) y Franco Lombardi,[17] un discípulo napolitano de Benedetto Croce.
Después de la declaración de la guerra, en muchas casas (como en la de Steinmeyer y en la mía) se formaron grupos para escuchar las emisiones extranjeras. Pero sobre el transcurso de las primera luchas en el [territorio alemán del] Sarre (1939), los noticiarios poco objetivos de la radio francesa despertaron mucho desánimo. Se tenía, no obstante, la impresión de que en Marburgo la mayoría de las personas se orientaba por esas transmisiones, obviamente sin confesarlo.   

Traducción de raúl rodríguez freire



Notas

  El presente texto, datado de finales de 1945, fue publicado en la revista Sinn und Form (Berlín Oriental) 35.5 (1983): 941-945, bajo el título “Marburg unter dem Naziregime”. Para nuestra traducción, lo hemos tomado de la versión portuguesa realizada por Luis Costa Lima, aparecida en 34 letras (São Paulo) 5/6 (1989): 75-80. Las notas fueron realizadas inicialmente por Karl Barck y complementadas luego por Luis Costa Lima. Por mi parte, con el fin de entregar mayor información para su comprensión, he agregado otras notas. Entre paréntesis cuadrados, se señala la proveniencia respectiva. 
[1] Recordemos que Auerbach fue reemplazado en su cargo por Werner Krauss (Stuttgart, 1900 – Berlín, 1976), su asistente doctoral y uno de sus amigos más cercanos. Krauss, bajo la dirección de Karl Vossler en Múnich, presentó una tesis de habilitación dedicada a la novela pastoril española, aprobada en 1932. Desde aquel año y hasta 1940, se desempeño como instructor y luego como Privatdozent en el Seminario de Lenguas Románicas de la Universidad de Marburgo, bajo la dirección de Auerbach hasta 1936. En 1942 recibió el nombramiento oficial y noviembre de ese mismo año fue arrestado y condenado a muerte bajo el cargo de “complicidad en crímenes de alta traición”. Dos años más tarde reemplazaron este dictamen por el de cinco años de encarcelamiento, del que escapó al final de la guerra gracias a un bombardeo. En la correspondencia con Martin Hellweg (ver nota 6), Auerbach se muestra muy preocupado por Krauss. El 22 de junio de 1946, escribe desde Estambul: “La salud de Krauss me preocupa muchísimo, probablemente necesita una mejor nutrición para recuperarse; algunos amigos y yo nos hemos esforzado para conseguirle algunos paquetes; todo es, por desgracia, horriblemente lento y laborioso desde aquí”. Más adelante, agrega: “Estoy muy interesado en el último trabajo de Krauss, pero parece que aun no se ha permitido su impresión”. Esto se debe a que inmediatamente después de la guerra, en la zona de ocupación norteamericana de Marburgo, Krauss funda junto a Karl Jaspers, Alfred Weber y Dolf Sternberger, de Die Wandlung (El cambio), publicación que pretende contribuir a la renovación mental de los alemanes. En 1947, Krauss se trasladó a la Universidad de Leipzig [KR]. 
[2] Wilhelm Röpke (Schwarmstedt, cerca a Hannover, 1899 – Ginebra, 1966). Fue uno de los principales nombres en la constitución de la economía social de mercado alemana. Obtuvo su primera designación académica en 1924, en la Universidad de Jena; luego fue designado profesor en la Universidad de Graz, y desde allí se trasladó a la Universidad de Marburgo, donde permaneció entre 1929 y 1933. Coincidió con Auerbach en Estambul hasta 1937 [rrf].
[3] El término Bekenntniskirche es usado por Krauss como fórmula abreviada para Bekennende Kirche [Iglesia de la Confesión]. Perseguida ferozmente durante el Tercer Reich, la Bekennende Kirche resaltaba el compromiso básico del cristianismo con de los textos bíblicos y con los pobres, sufridores y oprimidos. El movimiento de Elberfelder (Elberfelder Bewegung), cuyo nombre deriva de la ciudad en el que fue fundado, era algo así como el ala radical de la Bekennende Kirche. Esta, por su parte, se constituyó al interior de la Iglesia Protestante (Evangelische Kirche Deutschlands), después de 1933, con una orientación antifascista y contraria a la orientación oficial, nacionalista y antisemita. Fue fundada explícitamente después de la creación de los llamados Deutsche Christen –agrupación de cristianos que apoyaba a los nazis, teniendo pastores que predicaban, al interior de las iglesias, llevando uniforme nazi. La base y el manifiesto teológico de la Bekennende Kirche es la Theologische Erklärung von Barmen (1935), en la que, entre otros puntos, se justificaba el derecho a la resistencia. Su teología fue básicamente orientada por el teólogo suizo Karl Barth, quien, siendo profesor universitario en Alemania, fue destituido de su cátedra. Entre sus promotores figuraban Dietrich Bonhoeffer y P. Schneider, pastores que murieron asesinados en los campos de concentración, llegando a desempeñar un papel importante en el movimiento pacifista [alemán] (Friedensbewegung) después de 1945 [KB].
[4] Paul Jacobsthal (Berlín, 1880 – Oxford, 1957). Fue un arqueólogo graduado de la Universidad de Bonn, dedicado al estudio de la cerámica griega y el arte céltico. En 1912 fue designado Profesor de Arqueología Clásica en Marburgo, donde permaneció hasta 1935, año en que fue obligado a dejar Alemania [rrf].
[5] Karl Löwith (Múnich, 1897 – Heidelberg, 1973), amigo de Auerbach. Fue alumno de Edmund Husserl y de Martin Heidegger, de quien primero fue uno de sus principales discípulos, para más tarde convertirse en uno de sus críticos más agudos. En 1936 se estableció en Japón y trabajó en la universidad de Tohoku, pero la alianza con Alemania, lo obligaron a dejar el país en 1941, estableciéndose luego en Estados Unidos. Desde 1952 fue profesor de Filosofía en la Universidad de Heidelberg [rrf].
[6] Martin Hellweg (Nohra, Turingia, 1908 – Colonia, 2006). Asistente doctoral de Auerbach, quien dirigió su tesis doctoral. También era amigo de Krauss, con quien compartió la casa en Marburgo entre 1935 y 1937. Existen dos cartas de Auerbach a Hellweg (1939 y 1946), escritas desde Estambul. Ver: “Scholarship in Times of Extremes: Letters of Erich Auerbach (1933–46), on the Fiftieth Anniversary of His Death”, PMLA 122. 3 (2007): 742-762. Sobre Hellweg, también ver: Martin Vialon Lendemains. Etudes comparées sur la France/Vergleichende Frankreichforschung 129, (2008): 61-84 [rrf].     
[7] Término acuñado por el lenguaje cotidiano para designar las oficinas o sucursales existentes en las grandes ciudades, que operaban como dependencias de la Amt Rosenberg, esto es, la Liga Militante para la Cultura Alemana (Kampfbund für deutsche Kultur), dirigida por Alfred Rosenberg (1893-1946). Rosenberg, autor del libro tristemente famoso Der Mythus des 20. Jahrhunderts [El mito del siglo XX], era el jefe ideológico del Partido Nazi (NSDAP) y, por orden personal de Hitler, responsable de la pureza ideológica del Partido. Antisemita fanático, Rosenberg nació en Riga, ciudad en la que comenzó a estudiar arquitectura en 1910, moviéndose luego a Moscú. En 1918 se trasladó a Alemania, donde conoció a Hitler y comenzó a colaborar con él al año siguiente. Fue el jefe de redacción del órgano del Partido Nazi, el Völkischer Beobachter [El Observador Popular], desde 1921. Desde 1934, fue el encargado de la Überwachung der weltanschaulichen Erziehung der NSDAP (vigilancia de la educación ideológica de los miembros del Partido Nazi). Entre 1941 y 1945, fue Ministro del Reich para los territorios ocupados del este (Reichsministeriums für die besetzten Ostgebiete). Condenado por el tribunal de Núremberg como criminal de guerra, fue ejecutado en 1946 [rrf].
[8] Literalmente, Gauleiter significa “Jefe de distrito”. Mantenemos la forma original por la connotación política que tiene sobre el nazismo [LCL].
[9] Leopold Zimmerl (1899-1945) fue profesor y Decano (1936) de la Facultad de Derecho de la Universidad de Marburgo. Entre abril de 1937 y septiembre de 1938, fue su Rector [rrf].
[10] La señal de corte (…) se encuentra en la edición original [LCL].
[11] Antonio Rubió i Lluch (Valladolid, 1856 – Barcelona, 1937) era profesor de Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona. Krauss se refiere al texto “Die Kritik des Siglo de Oro am Ritter- und Schäferroman”. En Homenatge a Antoni Rubió i Lluch, vol. I (Barcelona: Universidad de Barcelona, 1936), 225-246. En este mismo libro se encuentra un texto de Auerbach: “Giambattista Vico und die Idee der Philologie”, 293-304 [rrf].
[12] La traducción portuguesa refiere a Schalk-Köln, lo cual debe ser un error. Krauss mantenía correspondencia con el romanista Fritz Schalk (Viena, 1902 – Colonia, 1980), quien en 1936 se había establecido en Colonia  proveniente desde Hamburgo [rrf].
[13] Adeptos o miembros de la Política de appeasement [apaciguamiento], formulada por Inglaterra y Francia frente a Hitler. Esta política, que aseguraría el premio Nobel de la Paz a Neville Chamberlain, implicaba la no reacción de aquellas potencias ante las iniciativas hitleristas [que violaban los tratados internacionales luego de la Primera Guerra Mundial] [KB].            
[14] Walter Runciman (1870 – 1949), Primer vizconde Runciman de Doxford. En 1938 el primer ministro del Reino Unido, Arthur Neville Chamberlain, le encargó actuar como representante en los Acuerdos de Múnich, encuentro que tenía por cometido solucionar la llamada “Crisis de los Sutedes”. Esta crisis se debió a que una minoría alemana que vivía entre Bohemia, Moravia y Silesia exige autonomía para profesar la ideología Nazi. Entre el 1 y el 10 de octubre de aquel año, Hitler realiza una ocupación de Checoslovaquia, restándole así cerca de 30.000 km². El resto de los países entregó finalmente un respaldo oficial [rrf].   
[15] Se trata los ya citados Acuerdos de Múnich, instancia en la cual se determinó la incorporación de los Sudetes (pertenecientes a Checoslovaquia) a Alemania, fortaleciéndose así las aspiraciones políticas de Hitler. Fueron aprobados y firmados en 1938 por Reino Unido (representado por Arthur Neville Chamberlain), Francia (representada por Édouard Daladier), Italia (Benito Mussolini) y Alemania (Hitler). Los representantes de Checoslovaquia fueron excluidos de la conferencia [rrf].
[16] Giustizia e Libertà (Justicia y Libertad) fue un movimiento de resistencia antifascista italiano que operó entre 1929 y 1945. Fue fundado por Carlo Rosselli (1899 – 1937) [rrf].
[17] Franco Lombardi (Nápoles, 1906 – Roma, 1989). Filosofo italiano. En 1970 recibió el título Doctor honoris causa por la Universidad de Marburgo [rrf].  

domingo, 13 de enero de 2013

Empresarización de sí


Lavín pitoniso
(sobre la empresarización de sí)

Hacia fines de los años setenta, en su rimbombante crítica a una ya agónica burocracia, Michel Croizer promocionaba la forma que debería reemplazarla: “La empresa es antes que nada la realización de un emprendedor: de alguien que emprende, que innova, que hace lo que no se espera de él, que aporta pues alguna cosa a la sociedad. Sin empresario innovador una sociedad se esclerotiza y declina. Además, una empresa es una institución en el sentido sociológico, la mejor institución que los hombres han creado hasta hoy para cooperar, para realizar lo que no habrían podido hacer de permanecer aislados [...] Despertar a la sociedad, devolverle su tono, supone ante todo liberar el espíritu de empresa” (No se cambia la sociedad por decreto 192). De modo que la empresa, aquella institución que supuestamente no gustaba a los franceses, dado que, según el autor de La sociedad bloqueada (1971), preferían el espíritu rentista, representa un renovado modelo de civilización, ad hoc a los tiempos postindustriales: el emprendimiento desbloquea una sociedad gastada y permite salir de la crisis de la democracia –esa que cartografío junto a Samuel Huntington–, problemáticas que, para Crozier, también anidaban en los revolucionarios deseos sesentayochistas; de ahí que acontecimiento llamado mayo del 68 no habría consistido en “una situación revolucionaria, en el sentido marxista, sino más bien en una profunda crisis que fue revelada de forma revolucionaria, y el mensaje que este arrojó quería decir algo” (The stalled society 128). Adelantándose a Friedman, Crozier apuntaba a que prácticamente “en todo occidente la libertad de elegir de los individuos se ha incrementado tremendamente” (“Western Europe” 25), no así las condiciones para su realización. Por ello la revuelta juvenil representaba “un punto decisivo principal” (26). No hay que ser un gran lector para comprender que el mensaje que portaba la revolución no era el mismo mensaje que leyó Crozier, que es, de alguna manera, el que ha terminado primando, como veremos luego. Relevante para nosotros es que este sociólogo intentaba llevar la sociedad postindustrial –pues concuerda aquí con Daniel Bell– hacia su empresarización, quería reemplazar al Estado por las empresas y alcanzar así esa libertad que la jaula de hierro negaba.

Realizando un balance a inicios de los noventa, Crozier señalaba que lamentablemente la sociedad todavía se encontraba bloqueada, pero en Chile, una revolución silenciosa cuajada desde los años sesenta, cumplía su sueño, y nos hablaba de una emergente, aunque desapercibida “sociedad de las opciones”. El personero del Consejo Económico y Social de Chile para 1988, señaló que, de mantenerse la estabilidad política (i.e. la dictadura), Chile sería un país completamente libre y desarrollado para el año 2000, similar a la California que cobijaba a Silicon Valley: “la riqueza potencial que posee y la calidad de sus profesionales harán de este país, una nación líder en la exportación de uva, la incorporación de tecnología a la agricultura y la fabricación de programas computacionales”. Pero no solo toda esta maravilla sería realizable, dado que también tendríamos veloces sistemas de transporte que conectarían a Chile, y la descentralización habría sido casi completa, dado que la importancia de Santiago habría disminuido de manera considerable. Definitivamente estábamos, en la cabeza de Lavín, más cerca de Australia de que nuestros vecinos Perú y Bolivia.

Sería iluso creer que el promotor de la revolución silenciosa vivía en el mundo de Bilz y Pap. Lo suyo era una retórica neoliberal exhibitista dirigida a la mantención de Pinochet en el gobierno, y es desde esta óptica que con acierto se lo ha criticado. Sin embargo, podemos rastrear en su panfleto el advenimiento efectivo de la sociedad futura, una verdadera revolución que está haciendo estallar nuestros cuerpos, esa que los neoliberales llamaban sociedad del capitalismo popular, aquella donde “la difusión de la propiedad privada de los medios de producción del país” (Valenzuela “Reprivatizacion” 175), comenzaba no a desbloquear, como pregonaba Crozier, sino a desmantelar lo que incluso en Chile podríamos llamar sociedad fordista, con el sistema de seguridad estatal que le acompañaba, iniciándose el rápido tránsito hacia el autogobierno que nos impone el neoliberalismo mediante el dispotivo del emprendimiento. El capitalismo popular fue el complemento de la privatización de la sociedad y la empresarización de sí que, gracias a la ley General de Universidad de 1981, permitió la emergencia de una antropología neoliberal: el capital humano.

El capital humano es literalmente la transformación del ser humano en una máquina o como señaló el decano de la facultad de Economía de la Universidad de Chicago, Theodore Schultz (en una conferencia que dio en Chile en 1962), la transformación de cada ser humano en un capitalista o, en la jerga contemporánea, un emprendedor, cuestión, por cierto, que se logró al transformar el saber en un bien de consumo y a los estudiantes en trabajadores, mientras los profesores son emprendedores que poner en circulación su capital en el mercado académico. Gracias a la teoría del rational choise, se pensó el trabajo no como un proceso, sino como una actividad que, cuando entra en acción, obtiene utilidades; se reintrodujo el trabajo (intelectual y material) en el análisis económico, y lo desdoblaron en una renta y en un capital; de manera que un sueldo ya no es un salario sino la renta de un capital, y un capital es lo que permitirá recibir ingresos a futuro, un capital que se pone en juego a la hora de entrar al mercado laboral, y que no solo tiene que ver con el saber, sino también con la idoneidad que se tiene para invertir el propio capital, con las competencias y habilidades, o con los talentos, pues el capital humano bien puede ser la voz de Maria Callas, la destreza danzarina de Michel Jackson, la psicología de Pilar Sordo, el conocimiento de la obra de Platón, las manos de una tejedora o el manejo de la teoría cuántica. El capitalismo popular, por su parte, es la difusión de la empresa privada entre distintos sectores de la población, cuando los trabajadores de una empresa compran acciones de la misma y se transforman así también en sus propietarios (pero también es un capitalismo popular el de las PYMES y el emprendimiento individual, ya se trate de las mermeladas que se preparan en casa para ofrecerlas a un supermercado o la fundación de un sello o una editorial alternativa, pues son parte de que hoy se llama industria creativa). Esto comenzó gracias a la privatización de la empresas públicas (las AFP, pero también con algunos bancos), las que si teóricamente pertenecían a todos los chilenos, no lo eran fácticamente. Ahora, gracias a José Piñera, lo son de todos los interesados al transformarse en accionistas de sus propios fondos. En el exitoso balance del capitalismo popular que el economista Mario Valenzuela (1989) hacía a fines de los ochenta, se señalaba sin tapujos que la meta era “incorporar a todos los individuos en la generación de riqueza de las empresas y así lograr una mayor identificación con ésta y compromiso con el resultado operacional mismo” (198-99). En otras palabras, la meta era quitar el antagonismo histórico que fundaba la relación entre trabajadores y capitalistas, y así asegurar el desbloqueo al desarrollo del capital. Para ello, sobre todo los más jóvenes, el centro de esta economía política, recibieron importantes créditos CORFOS, lo que logró que a tres años de implementada la medida, casi tres millones de “nuevos trabajadores” devinieran también empresarios. En una nota al pie, Valenzuela señala: “De acuerdo a cifras de la Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras, a diciembre de 1987, del total de los accionistas populares de los bancos de Chile y de Santiago, casi un 40% tiene menos de 35 años y un 64% menos de 45. Ello significaría que la juventud tiene gran interés en cimentar la capitalización de las empresas del país” (185). De ahí la alegría de Lavín cuando afirmaba que:

En los últimos dos años, el desarrollo de la mentalidad empresarial entre los jóvenes ha sido sorprendente, dando lugar a congresos de nuevos empresarios, concursos de proyectos de nuevas Empresas [Lavín escribe aquí con mayúscula, tal como se escribe Estado], desarrollo de fondos de capital de riesgo, y de diversas otras iniciativas. A consecuencia de esta valoración creciente del rol del empresario, muchos de ellos son hoy invitados frecuentes a programas de televisión, o mantienen columnas en los diarios, mientras algunos se han atrevido, incluso, a comenzar a aparecer en su propia publicidad. Es el caso de Fabrizio Levera, quien al estilo de Iacocca, publicita sus productos personalmente, aparado en la música de Gigi, el amoroso (Lavín 1987: 20-21).

De manera que la revolución que se fraguaba durante la dictadura se escondía tras las cifras de televisores comprados y malls construidos, pues consistía en la transformación del trabajador en empresario de sí, en emprendedor. Ello implica que la idea de trabajo debe ser nuevamente revisada, dado que su tradicional lugar ha sido obliterado por esta novedosa figura, considerando, eso sí, que no ha desaparecido del todo, todavía resiste. Creemos además que es una tarea política urgente esta la de repensar tal categoría con el fin de volver a instalar el antagonismo que la empresarización de sí oculta, pues tal antagonismo no ha desaparecido… ¿qué pueden las pequeñas acciones de un trabajador frente al capitalista que posee el 51% de una empresa? Transformar el trabajo mediante la creación de pequeños capitalistas es la forma de la actual explotación flexible, el desbloqueo a la libre circulación del capital y la producción de la libertad necesario para ello. Es, en síntesis, una forma de gobierno, una gubernamentalidad neoliberal, como le llama Foucault.

Una de las reseñas del libro de Lavín, ejemplarmente titulada “Revolución silenciosa que favorece al pueblo”, tiene una ilustración que plasma nítidamente nuestro escenario: se trata de una imagen que imita a la estatua de la libertad de Nueva York, pero en su mano derecha no porta una antorcha, sino un libro, cuyo título es bastante claro: La declaración de principios del gobierno de Chile. Nuestro escenario, entonces y como diría Parra, es el de una enorme libertad inmóvil, una libertad esculpida a partir de las leyes gubernamentales que la dictadura, con Jaime Guzmán a la cabeza, fue perfeccionando. Se trata de una libertad producida y gobernada por sus leyes y administrada luego por las “reformas” concertacionistas, un modelo gestionario de autonomía empresarial que el Piñera presidente está profundizando al transformar literalmente el paradigma del Estado, que ya no limita sino que fomenta la libertad empresarial con una ley que agiliza su producción. Para ello, la auto precarizaciónpasó a devenir la norma, pues el ser empresarios de sí le resultó al capitalismo más productivo que el confinamiento. De manera que la revolución silenciosa se ha convertido en una vociferante práctica de gobierno neoliberal que condena al pueblo a vivir una forma liberal de libertad. Una política crítica, por tanto, tiene que romper con el liberalismo, tiene que ser realista y pedir, una vez más, lo imposible, pues es lo único que podría llevarnos hacia un mundo donde la libertad no sea una estatua. Una tarea para nada superficial ni pronto a realizar, si pensamos que no hay afuera del capital, que vivimos en él, pero su misma extensión lo debilita, lo hace tambalear y abre, así, espacios para un devenir no empresarial, para la producción de una ética a través de la cual podamos darnos en el por-venir una libertad efectiva.  

Referencias

Michel Crozier. The Stalled Society. New York: Viking Press, 1973.
_____. “Western Europe”. Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki. The Crisis of Democracy. New York: New York University Press, 1975.
_____. No se cambia la sociedad por decreto. Madrid: INAP, 1984 [1979].
Foucault, Michel. El nacimiento de la biopolítica. Buenos Aires: FCE, 2007.
Lavín, Joaquín. Chile, revolución silenciosa. Santiago: Zig-Zag, 1987.
Sin nombre. “Revolución silenciosa que favorece al pueblo”. Negro en el Blanco, Santiago, 1988.  
Valenzuela Silva, Mario. “Reprivatizacion y capitalismo popular en Chile”. Estudios Públicos 33 (1989): 175-217.



Santiago, enero 13 de 2013.